Cuando las placas tectónicas que forman la corteza terrestre chocan, se producen terremotos, pero en zonas la roca se calienta y se convierten en magma. El agua del subsuelo, sobrecalentada por este magma, se abre camino hacia arriba, hacia la corteza, llevando consigo minerales del interior del planeta, uno de estos minerales es el oro.
Al enfriarse el magma, el oro transportado por las vías de agua que intentaban salir a la superficie, se solidificó, atrapado en las rocas volcánicas en forma filones y pepitas en las vetas ricas en cuarzo. El agua vuelve a actuar, erosionando la roca y liberando el oro en el caudal de ríos y arroyos.
Para recogerlo, el método tradicional de los buscadores de oro, consistía en “batear” los sedimentos, empleando una especie de bandeja profunda, donde se agitan con cuidado los sedimentos del río, mezclados con agua.
Al ir agitando, poco a poco las pepitas de oro se van depositando al fondo, y se sigue agitando hasta que sólo quede el oro. Hay que hacerlo con cuidado ya que corremos el riesgo de que se nos vaya de vuelta al río con el resto de sedimentos. Es sin duda una labor de mucha paciencia.
Actualmente ya no se encuentra tanto oro en los cauces de los ríos como antiguamente y por ello se extrae de minas. El proceso es más complejo, se funde la roca rica en oro, con mercurio a 1000 grados para separar el Oro del resto de las impurezas. El mercurio y el oro son como el aceite y el agua, por lo que no llegan a mezclarse por lo que al enfriarse, el oro queda separado del mercurio. De esta manera se obtiene el oro de 24K. Para obtener diferente quilataje se recurre a ligar el oro con cobre y plata en las proporciones adecuadas, ya que demasiado cobre lo volvería rojizo y demasiada plata lo volvería más pálido.
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