La fascinación del hombre primitivo por el oro no iba más allá de sus propiedades estéticas. El brillo, el color y la viabilidad lo hizo simplemente irresistible. Hoy en día, los avances en la ciencia demostraron que el poder del oro iba más allá de la belleza y el brillo. Obviamente, las propiedades mismas del oro superan a la de casi todos los demás metales pero existen otros muchos aspectos más que desconocemos acerca de este increíble metal.
Durante la última década, el valor del oro ha aumentado considerablemente, desde 279 dólares por onza al año 2000, que se situaba entorno a los 1.300 dólares por onza a mediados de 2010. Sin embargo, la mayor parte de los dos siglos anteriores, el precio por onza se mantuvo estable durante tramos muy largos. De 1833 a 1918, por ejemplo, el precio del oro no subió más de seis céntimos de su precio inicial y entre 1933 y 1967 su precio subió apenas 26 centavos por onza, a pesar de docenas de crisis inflacionarias y recesiones económicas.
Otra de las cosas que hacen este metal irresistible, es una fantástica maleabilidad. El oro es tan blando y maleable que una onza podría extenderse en un alambre de 50 kilómetros de longitud, o ser aplastado en una hoja de 100 metros cuadrados de superficie.
Por otro lado, a pesar de su suavidad, el oro es tan increíblemente denso y pesado que un pie cúbico pesa media tonelada. En 1875, el economista inglés Stanley Jevons calculó que si los 20 millones de libras esterlinas en transacciones que realizaban los banqueros de Londres, se pagasen en monedas de oro, se necesitarían 80 caballos fuertes que las llevase.
Fuente | Discovery
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